Alofoke y el poder de una generación que dejó de escuchar a los partidos.
Por: Lisset de los Santos.
Hay fenómenos que comienzan como una moda, crecen como un movimiento social y terminan convirtiéndose en un fenómeno político. Alofoke parece estar transitando justamente por ese camino.
Y conviene decirlo desde el principio: esto no se trata de determinar si Santiago Matías será presidente de la República, si será candidato en 2028 o si finalmente entrará de lleno en la política partidaria. Tampoco se trata de convertirlo en héroe ni en villano. La discusión verdaderamente importante es otra: ¿por qué una figura surgida del entretenimiento y de los medios digitales ha conseguido una capacidad de influencia que muchos políticos profesionales, con décadas de experiencia, no han podido construir?
La respuesta no está solamente en Alofoke.
Está también en los partidos políticos.
Está en el cansancio.
Está en la desconfianza.
Está en una generación que ya no mira la política con los mismos ojos de sus padres.
Y, sobre todo, está en un sistema político que durante años creyó tener asegurada la lealtad de los ciudadanos.
Quizás ese fue su mayor error.
Santiago Matías no apareció de repente en el escenario nacional. Su historia tiene mucho que ver con la evolución de la comunicación dominicana y, paradójicamente, con la propia política tradicional.
Durante años, dirigentes, candidatos, funcionarios y figuras del poder entendieron que Alofoke tenía algo que ellos necesitaban: acceso a una audiencia joven, numerosa y difícil de alcanzar a través de los canales tradicionales.
Por eso fueron a sus espacios.
Se sentaron en sus programas.
Le concedieron entrevistas.
Buscaron exposición.
Participaron de su dinámica.
En otras palabras, el sistema ayudó a convertir a Santiago Matías en un actor de enorme relevancia pública.
Y ahora algunos parecen sorprendidos porque ese actor decidió utilizar la influencia que construyó.
Ahí está una de las grandes paradojas de este fenómeno.
No se puede invitar a alguien a la mesa durante años, reconocerle capacidad de convocatoria, utilizar su plataforma para llegar a la gente y después pretender que, cuando decide hablar de política, deje de existir.
Eso no funciona así.
El poder comunicacional, una vez construido, no regresa voluntariamente a su dueño original.
Santiago Matías lo sabe.
Y probablemente esa sea una de las razones por las que está haciendo su diligencia.
No es tonto.
Tampoco es ingenuo.
Ha visto lo que otros quizá no quisieron ver: que existe un espacio enorme entre la ciudadanía y los partidos políticos. Y en ese espacio hay millones de personas que consumen información, opinan, cuestionan, se burlan, protestan y participan en las conversaciones públicas, pero que no necesariamente quieren pertenecer a un partido.
Ese es el terreno donde Alofoke se mueve con comodidad.
El problema no comenzó con Alofoke.
Sería demasiado fácil culpar a Santiago Matías por el deterioro de la relación entre la ciudadanía y la política.
El problema ya tiene canas y es viejo.
La República Dominicana ha tenido durante décadas un sistema partidario fuerte, con organizaciones capaces de movilizar comunidades enteras y con liderazgos que trascendían generaciones.
Pero algo comenzó a cambiar.
Los partidos continuaron existiendo, pero la relación emocional con ellos comenzó a debilitarse.
El ciudadano de hoy no necesariamente siente la misma fidelidad partidaria que sentía su padre.
Y el joven, mucho menos.
Una parte importante de las nuevas generaciones no quiere que le digan por quién votar. Quiere saber qué le ofrecen. Quiere resultados. Quiere respuestas. Quiere oportunidades.Y, si no las encuentra, simplemente se distancia.
Los resultados electorales de 2024 deberían haber encendido varias luces de alarma. La abstención fue considerable y, más allá de las razones particulares que explican que una persona decida no votar, el dato revela una realidad que no puede ignorarse: una parte importante de la población no está suficientemente motivada por la oferta política existente.
Eso no significa que todos los abstencionistas rechacen los partidos.
Pero sí significa que los partidos tienen un problema de conexión.
Y cuando la política tradicional pierde capacidad para conectar, alguien ocupa ese espacio.Ahí entra Alofoke.
Una generación que habla otro idioma.
Quizás una de las mayores ventajas de Santiago Matías es que no intenta hablar como político.
Ese detalle, que para algunos puede parecer menor, es fundamental.
Los políticos suelen hablar con frases cuidadosamente preparadas. Los comunicadores tradicionales siguen determinados protocolos. Los partidos construyen mensajes pensando en lo institucional.
Alofoke habla como habla una parte de la gente.
Con sus códigos.
Con sus expresiones.
Con sus controversias.
Con sus errores.
Con su espontaneidad.
Y eso genera identificación.
No necesariamente porque todos estén de acuerdo con él, sino porque muchos sienten que pertenece al mismo universo cultural que ellos.
Esa conexión es difícil de fabricar.
Un partido puede contratar consultores, diseñar una estrategia digital, pagar publicidad y llenar las redes sociales de contenido.
Pero no puede comprar fácilmente una comunidad que lleva años siguiendo a una persona.
Esa comunidad ya existe.
Y tiene algo que cualquier candidato desearía tener: atención.
En política, conseguir que alguien te escuche ya es una batalla ganada.
Conseguir que te escuche todos los días es todavía más poderoso.
Alofoke capitaliza un cansancio real.
Aquí es donde conviene separar el fenómeno de la persona.
No todos los seguidores de Alofoke son electores de Santiago Matías.
No todos quieren verlo como candidato.
No todos están de acuerdo con sus posiciones.
Y sería un error asumir que su audiencia digital se convertirá automáticamente en votos.
Pero tampoco sería inteligente cometer el error contrario: pensar que esa influencia no tiene ninguna importancia política.
La tiene.
Y mucha.
Porque Alofoke ha logrado convertirse en una referencia para un segmento de la población que, por distintas razones, siente agotamiento frente a la política tradicional.
Ese cansancio puede tener diferentes manifestaciones.
Algunos están cansados de las promesas.
Otros, de los discursos.
Otros, de los enfrentamientos entre partidos.
Otros sienten que los políticos solamente se acercan durante las campañas.
Y hay jóvenes que sencillamente no encuentran ninguna organización política con la que quieran identificarse.
Ese último fenómeno es particularmente importante.
Porque una sociedad puede tener partidos fuertes y, al mismo tiempo, tener ciudadanos cada vez menos partidistas.
Ahí aparece una oportunidad para los llamados outsiders.
Pero hay una diferencia en el caso de Alofoke: no es un outsider tradicional.
No llegó a la política desde una empresa, una universidad, una institución internacional o una organización profesional.
Llegó desde la cultura popular y desde los medios digitales.
Y eso puede ser mucho más poderoso.
El sistema que hoy lo mira con preocupación.
Existe otra ironía que no debería pasar desapercibida.
Muchos de los mismos sectores que hoy observan con preocupación el crecimiento de Alofoke fueron parte de la construcción de su plataforma.
No necesariamente porque hayan querido crear un adversario político.
Probablemente todo lo contrario.
Lo vieron como una herramienta útil.
Como un espacio donde podían hablar.
Como una vía para llegar a públicos diferentes.
Como un fenómeno comunicacional que convenía tener cerca.
Pero hay una vieja lección del poder: las herramientas que sirven para ayudarte también pueden servir para cuestionarte.
Eso es exactamente lo que está ocurriendo.
Santiago Matías aprendió del sistema.
Conoció a sus actores.
Observó sus fortalezas.
También sus debilidades.
Y mientras algunos políticos pensaban que tenían una plataforma más donde hablar, él estaba acumulando algo mucho más importante: capital social.
Ese capital hoy puede convertirse en capital político.
Y esa posibilidad es la que incomoda.
La gran pregunta: ¿Puede convertir seguidores en electores?
Aquí comienza la parte difícil.
Tener audiencia no es lo mismo que tener votos.
Tener millones de reproducciones no significa tener millones de electores.
Un programa exitoso no sustituye una estructura electoral.
Una comunidad digital no necesariamente se convierte en una maquinaria política.
Y ganar una elección presidencial requiere muchísimo más que popularidad.
Requiere organización.
Requiere propuestas.
Requiere equipos.
Requiere candidatos locales.
Requiere presencia territorial.
Requiere recursos.
Requiere capacidad de negociación.
Y, sobre todo, requiere convencer a personas que no necesariamente consumen contenido de Alofoke.
Ahí estará su verdadero desafío.
Pero hay algo que tampoco debe perderse de vista: nadie necesita comenzar con una estructura presidencial para empezar a construir poder.
El poder político puede comenzar con una conversación.
Con una comunidad.
Con una causa.
Con una audiencia.
Con una capacidad de movilización.
Y eso Santiago Matías ya lo tiene.
Los partidos deberían estar preocupados, pero no por Alofoke.
La reacción más inteligente de los partidos no debería ser atacar a Santiago Matías.
Debería ser preguntarse por qué él puede hablarle a una parte de la juventud que ellos no están escuchando.
Esa es la pregunta incómoda.
¿Por qué un joven puede pasar dos horas viendo un programa de Alofoke, pero no quiere dedicar veinte minutos a escuchar a un dirigente político?
¿Por qué las conversaciones que nacen en las plataformas digitales terminan influyendo en la agenda pública mientras los discursos partidarios muchas veces pasan desapercibidos?
¿Por qué tantos ciudadanos sienten que los políticos hablan de ellos, pero no con ellos?
Si los partidos responden esas preguntas con honestidad, quizás encuentren la verdadera explicación del fenómeno Alofoke.
Porque el problema no es que Santiago Matías haya descubierto a los jóvenes.
El problema es que los partidos parecen haberlos perdido.
2028 puede ser una advertencia.
Todavía es temprano para saber hasta dónde llegará Alofoke.
Puede crecer.
Puede estancarse.
Puede entrar formalmente en la política o decidir no hacerlo.
Puede crear una estructura propia o terminar aliado con alguna organización existente.
Puede convertirse en candidato o simplemente permanecer como un poderoso actor de opinión.
Todo eso está por verse.
Pero hay algo que ya no parece estar en discusión: Santiago Matías tiene capacidad para influir.
Y, en una sociedad donde una parte significativa del electorado está cansada de las fórmulas tradicionales, esa capacidad puede tener consecuencias electorales.
Quizás por eso sería un error mirar el fenómeno Alofoke solamente desde el entretenimiento.
Alofoke representa algo más.
Representa el cambio en la manera en que los ciudadanos consumen información.
Representa la pérdida del monopolio de los partidos sobre la conversación política.
Representa la aparición de nuevos intermediarios entre el ciudadano y el poder.
Y representa, además, una advertencia.
Porque cuando una sociedad comienza a buscar respuestas fuera de sus instituciones tradicionales, el problema no necesariamente está en quien aparece ofreciendo esas respuestas.
A veces el problema está en quienes dejaron de ofrecerlas.
El espejo.
Santiago Matías puede gustar o disgustar.
Puede ser criticado.
Puede cometer errores.
Puede generar controversias.
Puede incluso fracasar si decide dar el salto definitivo a la política.
Pero reducir el fenómeno Alofoke a una moda sería un error.
Porque detrás de Santiago Matías hay una realidad mucho más grande.
Hay jóvenes que no se sienten representados.
Hay ciudadanos que están cansados.
Hay electores que ya no votan automáticamente por un color.
Hay una generación que quiere participar de otra manera.
Y hay una política tradicional que todavía no termina de comprender que las reglas cambiaron.
Alofoke, en cierto modo, es hijo de ese cambio.
Y también es hijo del sistema que hoy intenta ponerle límites.
Lo utilizaron cuando necesitaban llegar a una audiencia.
Lo empoderaron cuando descubrieron su capacidad de convocatoria.
Lo legitimaron cuando llevaron a sus principales figuras a sus plataformas.
Y ahora algunos pretenden rechazarlo porque descubrieron que aquel comunicador también puede tener aspiraciones de poder.
Pero el poder no funciona así.
Una vez que se entrega influencia, no se puede exigir que desaparezca cuando deja de ser conveniente.
Por eso, la pregunta no debería ser si Alofoke representa una amenaza para los partidos.
La pregunta correcta es mucho más profunda:
¿Qué tendría que hacer la política dominicana para que una generación que hoy escucha a Alofoke vuelva a querer escuchar a los partidos?
Porque quizás Santiago Matías no sea el fenómeno que está destruyendo el sistema.
Quizás sea simplemente el hombre que tuvo la habilidad de encontrar a los ciudadanos que el sistema dejó de escuchar.
Y mientras los partidos discuten cómo enfrentarlo, él parece estar haciendo algo mucho más sencillo:
Capitalizar el espacio que le dejaron.
