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Opinión

El “ex” rencoroso

El “ex” rencoroso
  • Publishedseptiembre 29, 2025

Por John Vladimir Bencosme

Hay políticos que parecen tener la vocación de caricatura. No les basta con cambiar de partido —lo cual, visto con generosidad, es un acto legítimo de libertad—; sienten la necesidad de montar un circo contra la casa que los acogió. Y lo hacen con tal vehemencia, que uno sospecha que no se fueron por convicción, sino por cálculo. No bastó con cerrar la puerta; había que prenderle fuego a la sala antes de salir.

Se entiende que alguien abandone un partido porque perdió la fe en su rumbo, porque ya no comparte sus métodos o porque cree que en otro lugar podrá servir mejor a sus ideas. Eso, en democracia, es tan normal como mudarse de barrio. Pero distinto es el espectáculo de salir corriendo al partido contrario y, en la alfombra de la bienvenida, empezar a escupir sobre el lugar que nunca le negó cobijo.

Aquí no estamos ante un perseguido ni un marginado; estamos ante el cómodo de siempre, al que nunca le faltó silla en la mesa ni micrófono en la tarima. El mismo que, mientras le convenía, juraba amor eterno al partido que ahora desangra en público. Ese gesto dice más de su hambre que de sus principios: no es un apóstata que rompió con una fe traicionada, sino un actor que cambia de libreto según la conveniencia.

La imagen es idéntica a la de ese hombre que termina con su pareja sin mayores dramas y, para conquistar a otra, decide ventilar intimidades, inventar defectos y convertir a su ex en el monstruo que nunca fue. Las nuevas relaciones lo oyen, claro, pero lo miran con recelo: “si hoy habla así de ella, ¿qué dirá de mí mañana?”. La deslealtad es un perfume que se pega en la piel y que nadie quiere llevar en su casa.

El tránsfuga que se convierte en detractor compulsivo de su viejo partido no gana credibilidad; gana fama de ingrato. Puede gritar en la plaza que su antigua organización era corrupta, ineficaz, insensible. Pero sus palabras llevan veneno: si todo eso era cierto, ¿Por qué esperó a cambiarse de camiseta para descubrir lo evidente? El oportunismo no necesita confesiones; se nota en la cronología.

La política está llena de veletas, de chaqueteros, de renegados disfrazados de conversos. Pero lo más dañino no es el cambio en sí, sino la pantomima del ajuste: ese show vulgar de injuriar al partido que un día les dio nombre y cargos. Porque al final, más que revelar las miserias del partido que abandonaron, revelan las suyas: la del hombre sin gratitud, sin pudor y sin memoria.

El tiempo, que siempre tiene buena puntería, acaba poniéndolos en su lugar. El partido que perdieron seguirá su curso, con errores y aciertos, pero ellos quedarán atrapados en la peor condena política: la desconfianza. Porque si ayer aplaudían lo que hoy critican, ¿quién puede creerles cuando alaban lo que mañana van a traicionar?

La política, como la vida íntima, se mide por la forma en que cierras las puertas. Quien sale en silencio, aunque sea en desacuerdo, deja abierta la posibilidad de respeto. Quien sale insultando, lo único que garantiza es que nadie lo volverá a tomar en serio.

El autor es abogado y politólogo