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¿NOS ESTAMOS QUEDANDO SIN VOCES INDEPENDIENTES DE LA SOCIEDAD CIVIL?

¿NOS ESTAMOS QUEDANDO SIN VOCES INDEPENDIENTES DE LA SOCIEDAD CIVIL?
  • Publishedseptiembre 7, 2026

 

Por Yulibelys Wandelpool

Abogada, especialista en Derecho Administrativo, Compras Públicas y Derecho Laboral

 

Durante años, en República Dominicana hemos hablado de la sociedad civil como un contrapeso necesario al poder político. Organizaciones, académicos, profesionales y ciudadanos que, sin aspirar necesariamente a gobernar, han observado la actuación del Gobierno, reclamado transparencia, cuestionado decisiones y colocado temas importantes sobre la mesa pública. Pero últimamente me hago una pregunta que creo merece una reflexión seria: ¿nos estamos quedando sin voces verdaderamente independientes dentro de la sociedad civil?

 

No estoy diciendo que hayan desaparecido las organizaciones sociales, ni cuestiono que una persona proveniente de la sociedad civil pueda pasar a ocupar una función pública. Al contrario, el Estado necesita buenos técnicos, profesionales capaces y ciudadanos comprometidos. Tampoco creo que toda relación entre el Gobierno y las organizaciones sociales deba verse con sospecha. La colaboración es necesaria y puede ser positiva. El problema aparece cuando una parte importante de las voces que tradicionalmente vigilaban al poder, reclamaban transparencia o cuestionaban determinadas decisiones terminan integrándose al propio aparato estatal, vinculándose estrechamente con él o disminuyendo considerablemente su capacidad crítica.

 

Porque una democracia no solamente necesita Gobierno y oposición política. Necesita también ciudadanía organizada, activa y, sobre todo, independiente. La sociedad civil tiene una naturaleza distinta a la de los partidos políticos. No está llamada a sustituir al Gobierno ni a convertirse en una oposición partidaria permanente. Su fortaleza está precisamente en poder reconocer lo que está bien y señalar lo que está mal, sin importar quién gobierne. Esa independencia es lo que le otorga autoridad moral cuando reclama, fiscaliza o exige explicaciones.

 

En los últimos meses hemos visto iniciativas institucionales dirigidas a fortalecer esa participación. La Cámara de Cuentas ha impulsado Mesas de Control Social para incorporar organizaciones ciudadanas a la vigilancia del uso de los recursos públicos, la canalización de denuncias y la promoción de la transparencia. También desde el Poder Ejecutivo se ha defendido públicamente el valor de una sociedad civil activa, crítica y comprometida, y se han creado espacios de cooperación con algunas de sus organizaciones. Son esfuerzos que deben valorarse.

 

Pero precisamente porque esos espacios existen, hay que cuidar algo esencial: colaborar con el Estado no puede significar perder independencia frente al Estado. Participar en una mesa, suscribir un acuerdo de cooperación, recibir fondos públicos para ejecutar determinado programa o mantener canales abiertos con las autoridades no debería colocar a ninguna organización en una posición de silencio, complacencia o autocensura cuando llegue el momento de reclamar.

 

El Gobierno necesita interlocutores, pero la democracia necesita contrapesos. Y ambas cosas no son iguales. Un interlocutor conversa con el poder; un contrapeso, cuando corresponde, también lo cuestiona. Una sociedad civil fuerte puede sentarse a dialogar hoy con una autoridad y mañana pedirle cuentas públicamente sin sentir que está traicionando ninguna relación institucional.

 

Por eso, cuando una sociedad comienza a preguntarse dónde están las voces que antes reclamaban, fiscalizaban y cuestionaban, la respuesta no debería reducirse a argumentos partidarios ni a determinar quién simpatiza con quién. El problema es mucho más profundo. Se trata de preguntarnos si estamos conservando suficientes espacios de independencia desde los cuales la ciudadanía pueda observar al poder sin depender de él.

 

La calidad de la sociedad civil no puede medirse solamente por la cantidad de organizaciones registradas, los acuerdos que firma, los proyectos que ejecuta o las mesas institucionales en las que participa. También debe medirse por su disposición a ejercer vigilancia incluso cuando hacerlo resulte incómodo, por su capacidad de mantener la misma vara frente a gobiernos distintos y, especialmente, por su libertad para decirle al poder, cuando sea necesario: esto debe explicarse, esto debe corregirse, esto debe transparentarse.

 

La democracia necesita autoridades que gobiernen, partidos que hagan oposición, organismos de control que fiscalicen y ciudadanos que vigilen a todos. Si alguna de esas piezas pierde independencia, el equilibrio democrático se debilita.

 

Una sociedad civil verdaderamente independiente puede colaborar con cualquier Gobierno, pero no pertenece a ninguno, le pertenece a la democracia.

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