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LA TARDE QUE DECIDIÓ LA REPÚBLICA

LA TARDE QUE DECIDIÓ LA REPÚBLICA
  • Publishedabril 22, 2026

177 aniversario de la Batalla de Las Carreras

La República tenía cinco años de nacida. Cinco. Era una criatura institucional que todavía no sabía caminar. 

 

El presidente Jiménez había sido incapaz de contener la invasión. Azua había caído un Viernes Santo. 

 

Oficiales dominicanos habían traicionado. Y desde Haití venía Faustino Soulouque con quince mil hombres, caballería, artillería y la convicción imperial de que la parte Este de la isla era suya por derecho histórico y por fuerza bruta.

 

Frente a él, en la margen oriental del río Ocoa, cerca de Baní, ochocientos dominicanos sin una sola pieza de artillería. Al mando, Pedro Santana, llamado de emergencia desde su retiro en El Seibo. 

 

A su lado, lo mejor que tenía la República: Francisco del Rosario Sánchez, Antonio Duvergé, Ramón Matías Mella, el coronel Francisco Domínguez, Marcos Evangelista, Pascual Ferrer.

 

A las cuatro de la tarde del 21 de abril de 1849, los haitianos abrieron fuego de cañón desde un cerro y lanzaron infantería y caballería a forzar el paso del Ocoa. Los dominicanos sostuvieron un tiroteo cerrado durante más de una hora. Cuando el enemigo no pudo cruzar, contraatacaron: asalto al arma blanca y carga de caballería. 

 

El general haitiano Louis Michel murió al pie de su cañón, con el pecho perforado por la lanza de Cleto Villavicencio, un soldado del Batallón de Higüey cuyo nombre merece una avenida. 

 

Tres generales haitianos cayeron. Soulouque huyó en desbandada. El 6 de mayo, la bandera tricolor volvió a ondear en la frontera Sur.

 

Pero la historia tiene su reverso. Santana se quedó con el título de Marqués y una casa en la calle El Conde. Duvergé —el héroe del Alto del Número— se quedó con las balas: fusilado por órdenes del propio Santana seis años después. Sánchez terminaría fusilado. Mella moriría en la pobreza. Duarte en el exilio. Los que soñaron la República rara vez la disfrutaron. Los que la administraron rara vez la merecieron.

 

177 años después, la pregunta no es retórica: es operativa. ¿Estamos dispuestos a defender lo que aquellos ochocientos construyeron? No con lanzas —eso ya no hace falta—. Sino con instituciones que funcionen, con un sistema educativo que forme ciudadanos y no solo titulados, con una estrategia de desarrollo que nos libere de la servidumbre del petróleo ajeno, con un Estado que no confunda gobernar con posar. 

 

Aquellos hombres cruzaron el Ocoa sin cañones. Nosotros no hemos podido cruzar tres décadas de democracia sin un plan nacional de desarrollo que pase de la gaveta al presupuesto.

 

La Batalla de Las Carreras no se honra con ofrendas florales ni con salvas de cañón que nadie escucha. Se honra construyendo la República que aquellos hombres imaginaron pero nunca vieron. Y se deshonra cada vez que fingimos que ya la construimos.