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la noche que volvió a desnudar al Estado

la noche que volvió a desnudar al Estado
  • Publishedabril 13, 2026

Por Radomiro Peña Jiménez / Abogado

La madrugada del 8 de abril sorprendió al Distrito Nacional con una violencia pluvial que no admite

eufemismos: más de 400 milímetros de agua cayendo sobre una ciudad que, una vez más, evidenció

su incapacidad para resistir lo previsible.

No fue un fenómeno inesperado. Fue, en rigor, un fracaso anunciado.

Las imágenes —vehículos arrastrados, avenidas convertidas en cauces, ciudadanos atrapados en

la oscuridad de una ciudad colapsada— no son nuevas. Se repiten con la insistencia de aquello que

no se corrige. Y, sin embargo, lo verdaderamente alarmante no es la lluvia, sino la constante

ausencia de previsión.

Porque la tragedia, en estos casos, no comienza cuando cae el agua. Comienza cuando el Estado

no advierte que caerá.

En el artículo anterior, escrito con ocasión de la tormenta Melissa, planteábamos una interrogante

esencial: ¿cómo proteger la vida sin apagar la economía?

Hoy la pregunta debe ser más severa, más incómoda, más honesta:

¿cómo puede un Estado aspirar a proteger la vida si ni siquiera es capaz de alertarla?

La sorpresa del ciudadano —ese despertar abrupto entre inundaciones, caos vial y suspensión

súbita de actividades— constituye en sí misma una forma de vulnerabilidad institucional. Un Estado

que no comunica a tiempo no previene: reacciona. Y cuando la reacción sustituye a la previsión, el

costo siempre lo paga el ciudadano.

Las clases suspendidas, las labores paralizadas, los comercios cerrados. Otra vez el país detenido.

Pero conviene insistir: cada jornada de paralización no es una abstracción macroeconómica, sino

una cadena de afectaciones concretas. En el texto previo se estimaba, con base en el PIB nacional,

que cada día de inactividad equivale a cientos de millones de dólares en producción diferida.

Sin embargo, la cifra más relevante no aparece en ninguna estadística: es la del dominicano que vive

del día a día y que, simplemente, no pudo trabajar.

El motoconchista que no salió.

La vendedora que perdió su mercancía.

El pequeño comerciante que cerró sin saber cuándo podrá recuperar lo perdido.

Para ellos, la lluvia no es un evento climático: es una interrupción de la subsistencia.Y es aquí donde el discurso oficial suele quedarse corto. Porque se insiste en la narrativa de la

“protección” —cierres, suspensiones, advertencias tardías— sin construir simultáneamente una

arquitectura de continuidad.

Proteger la vida no puede significar paralizar la vida.

Las grandes ciudades —aquellas que han comprendido que el cambio climático no es coyuntural

sino estructural— han evolucionado hacia modelos de resiliencia operativa: sistemas de drenaje

funcionales, alertas tempranas efectivas, protocolos de continuidad económica, infraestructuras

adaptadas al riesgo.

Aquí, en cambio, seguimos gestionando la lluvia como si fuera una excepción, cuando ya es una

constante.

El problema, por tanto, no es meteorológico. Es político.

Es la ausencia de planificación urbana coherente.

Es la debilidad de los sistemas de alerta.

Es la falta de inversión sostenida en infraestructura crítica.

Es, en definitiva, la normalización del colapso.

Cada evento como el de esta madrugada no debería ser explicado; debería ser investigado. No como

un fenómeno natural, sino como un evento de responsabilidad pública.

Porque cuando una ciudad colapsa de manera recurrente ante lluvias intensas, no estamos ante un

desastre natural: estamos ante una falla estructural del Estado.

Y toda falla estructural, en una democracia, tiene responsables.

La República Dominicana no puede seguir viviendo en esta lógica de sobresalto permanente, donde

cada aguacero se convierte en crisis y cada crisis en olvido.

La verdadera política pública no se mide en la capacidad de reaccionar después del desastre, sino

en la disciplina de evitar que el desastre sorprenda.

Prever, advertir, preparar, mitigar. Cuatro verbos que, en la madrugada del 8 de abril, brillaron por su

ausencia.

Y mientras no se incorporen como eje de acción estatal, seguiremos atrapados en este ciclo estéril:

lluvia, caos, pausa… y silencio.

Hasta la próxima tormenta.