De Kissinger a Trump
Anatomía de la cumbre que redefine el siglo. “¿Pueden Estados Unidos y China trascender a la Trampa de Tucídides?”
En julio de 1971, Henry Kissinger aterrizó en Pekín en secreto, escondido en un vuelo paquistaní, para abrir el diálogo con una China que Occidente llevaba veintidós años ignorando. Aquella misión —nombre en clave Polo I— cambió el tablero del siglo XX. Seis meses después, Nixon estrechó la mano de Mao en la Ciudad Prohibida. En 1978, Deng Xiaoping lanzó las reformas que sacaron a ochocientos millones de chinos de la pobreza. En 2001, China entró a la Organización Mundial del Comercio y se convirtió, en apenas dos décadas, en la segunda economía del planeta. Cincuenta y cinco años después de Kissinger, el 14 de mayo de 2026, Donald Trump cruzó las puertas del Gran Palacio del Pueblo escoltado no por diplomáticos de carrera, sino por un ejército de directivos corporativos: Elon Musk, Tim Cook, Jensen Huang, Larry Fink, Kelly Ortberg, David Solomon, Jane Fraser, Stephen Schwarzman. No era una delegación: era un escaparate. El mensaje no podía ser más trumpiano: América no viene a negociar con protocolos. Viene a negociar con poder adquisitivo.
La distancia entre Kissinger y Trump no es solo de estilo: es de concepción. Kissinger viajaba con mapas y memorandos; Trump viaja con CEOs y ofertas. Kissinger buscaba el equilibrio del poder; Trump busca el rédito del acuerdo. Kissinger entendía a China como civilización; Trump la entiende como mercado. Ambos, sin embargo, comparten una intuición que la academia suele desestimar: que la relación con Pekín se gestiona desde la cúspide o no se gestiona en absoluto.
—
La cumbre del 14 y 15 de mayo —la primera visita de Trump a China desde 2017, retrasada más de un mes por la guerra contra Irán— produjo más escenografía que sustancia, más gestos que acuerdos vinculantes. Pero esa escenografía tiene un lenguaje que conviene descifrar.
Lo que se obtuvo. Xi Jinping y Trump acordaron construir una “relación constructiva de estabilidad estratégica” como marco rector para los próximos tres años. Pekín restauró las importaciones de carne de res estadounidense, emitiendo nuevas licencias para cientos de empresas. Trump anunció que Xi se comprometió a comprar 200 aviones Boeing —más de los 150 que la propia compañía esperaba—. Ambos líderes se comprometieron a trabajar contra el flujo de precursores de fentanilo desde China hacia Estados Unidos. Y Trump invitó a Xi a una visita recíproca a la Casa Blanca el 24 de septiembre, asegurando una segunda reunión antes de que expire la tregua arancelaria de un año pactada en Busán en octubre de 2025.
Lo que no se obtuvo. Ningún acuerdo integral de comercio. Ninguna definición sobre tierras raras. Ninguna hoja de ruta sobre inteligencia artificial. Ninguna concesión verificable de China sobre Irán más allá de la promesa —verbal, no documentada— de ayudar a reabrir el Estrecho de Ormuz y no proveer armas a Teherán. Y sobre Taiwán, la nota dominante fue la advertencia, no el acuerdo: Xi le dijo a Trump, según la agencia oficial Xinhua, que, si el asunto de Taiwán no se maneja adecuadamente, ambos países enfrentarán “choques e incluso conflictos” que pondrían toda la relación en “gran peligro”. El comunicado de la Casa Blanca no mencionó Taiwán en absoluto.
—-
Lo que hace esta cumbre geopolíticamente significativa no son los doscientos Boeing ni la carne de res. Es el contexto. Estados Unidos llega a Pekín debilitado por una guerra en Irán que no ha logrado sus objetivos estratégicos, con el petróleo sobre cien dólares el barril, con el Estrecho de Ormuz parcialmente cerrado, y con unas elecciones legislativas de medio término en noviembre que exigen resultados tangibles. China llega con su propia fragilidad —desaceleración inmobiliaria, desempleo juvenil, deflación—, pero con una carta que ningún otro país tiene: es el mayor comprador de petróleo iraní del mundo, absorbe el 90% de las exportaciones de Teherán y controla la mayoría del procesamiento global de tierras raras. Como dijo el secretario del Tesoro Scott Bessent la mañana del jueves: “China tiene un interés mayor que nosotros en reabrir el Estrecho.”
Xi lo sabe. Y por eso la pregunta que le formuló a Trump sobre la Trampa de Tucídides —el concepto popularizado por Graham Allison según el cual la tensión entre una potencia emergente y una potencia dominante suele terminar en guerra— no fue retórica. Fue una declaración de posición: China se presenta como el actor racional que busca evitar el conflicto, mientras insinúa que es Washington quien podría provocarlo si persiste en el tema de Taiwán. La trampa, sugiere Xi, no está en Pekín: está en el Congreso norteamericano.
—-
La delegación empresarial merece un párrafo aparte, porque cuenta una historia que las cancillerías no cuentan. Tim Cook asiste a su último acto diplomático como CEO de Apple antes de ceder el mando a John Ternus en septiembre; más del 80% de los iPhones que se venden en Estados Unidos se fabrican en China. Elon Musk, recién salido de la clausura del Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE), necesita la aprobación regulatoria china para expandir el sistema de conducción autónoma de Tesla; la fábrica de Shanghái despachó 292,876 vehículos en los primeros cuatro meses de 2026, un aumento de 26.7%. Jensen Huang, CEO de Nvidia, se sumó a última hora tras una llamada personal de Trump; su presencia es la señal más clara de que los semiconductores avanzados siguen siendo la moneda de cambio estratégica de la relación bilateral. Boeing, Goldman Sachs, BlackRock, Citigroup, Blackstone, Cargill: cada nombre en la comitiva es un capítulo de la interdependencia que nadie puede romper sin romperse a sí mismo.
Esa es la paradoja central de la relación sino-estadounidense en 2026. Se habla de desacoplamiento, pero Musk fabrica en Shanghái. Se habla de competencia tecnológica, pero Huang viaja a Pekín con el presidente. Se habla de rivalidad sistémica, pero Fink y Fraser necesitan acceso al mercado de capitales chino tanto como China necesita la inversión estadounidense. Las dos economías están enredadas en una madeja que ni los aranceles del 145% pudieron desenredar.
—
El futuro inmediato tiene fecha: 24 de septiembre de 2026, Washington. Antes de que Xi cruce el Atlántico, tres variables definirán el tono del reencuentro. Primera: si el Estrecho de Ormuz se reabre y el petróleo baja de cien dólares, Trump llegará fortalecido y China perderá su principal palanca. Segunda: si la tregua arancelaria se convierte en acuerdo formal o si caduca sin renovación, reabriendo la guerra comercial a meses de las legislativas de noviembre. Tercera:si Taiwán escala como cuestión electoral en Estados Unidos, forzando a Trump a endurecer su retórica justo cuando necesita la cooperación de Xi.
Kissinger entendía algo que la política contemporánea olvida con frecuencia: que la relación entre grandes potencias no se resuelve en una cumbre. Se administra, se contiene, se calibra cumbre tras cumbre, década tras década. Deng lo entendió cuando dijo “oculta tus capacidades, espera tu momento”. Xi lo entiende cuando habla de Tucídides. Trump, a su manera transaccional y espectacular, también lo intuye: por eso lleva empresarios en vez de generales y ofrece Boeing en vez de ultimátums.
El Gran Palacio del Pueblo fue construido en 1959, en diez meses, por orden de Mao, para demostrar que la Nueva China podía levantar monumentos a la velocidad de la revolución. Sesenta y siete años después, bajo sus mismos techos, dos hombres que no se parecen en nada —uno comunista, el otro ultracapitalista; uno contenido hasta la opacidad, el otro desbordado hasta el exceso— intentan negociar el equilibrio del siglo XXI. No lo lograrán en Pekín. Probablemente no lo lograrán en Washington. Pero mientras sigan sentándose a la mesa, el mundo tiene una oportunidad. Pequeña, frágil, imperfecta. Como todas las oportunidades que de verdad importan.
Radomiro Peña Jiménez
Abogado – Analista Político
Santo Domingo, 18 de mayo de 2026
