Actualidad Opinión

Cuando la violencia deja de tener edad.

Cuando la violencia deja de tener edad.
  • Publishedseptiembre 27, 2026

Una mirada sobre los jóvenes, la violencia y la normalización del delito.

Por Solangey’s Reyes Guzmán
Abogada, criminóloga y analista de investigación jurídica

Hay hechos criminales que conmocionan por la gravedad de sus consecuencias. Otros, además, obligan a mirar más allá del expediente y preguntarnos qué está ocurriendo en nuestra sociedad cuando determinados jóvenes comienzan a relacionarse con la violencia y el delito con una naturalidad que debería preocuparnos.

El asesinato de Zeneida Socorro Castillo, esposa del merenguero Julián “Oro Duro”, y el posterior episodio ocurrido durante su sepelio, donde dos menores fueron encontrados con un arma blanca cerca de su cuñado, el salsero Yiyo Sarante, presentan escenarios distintos, pero dejan sobre la mesa una preocupación común: la pérdida progresiva de determinados límites frente a la violencia, el respeto por la vida y las normas sociales.

No se trata de criminalizar a la juventud.

Se trata de comprender qué está llevando a algunos jóvenes a considerar el delito como una alternativa posible.

Cuando la confianza se convierte en oportunidad

Uno de los elementos que merece especial atención en el caso investigado es la presunta existencia de vínculos previos entre algunos de los jóvenes señalados y el entorno de la víctima.

El delito no siempre comienza con la violencia.

En determinadas circunstancias comienza con el conocimiento: conocer una rutina, una vivienda, los movimientos de una persona, sus horarios, sus mecanismos de seguridad o sus niveles de confianza.

Cuando esa información termina siendo utilizada para facilitar una conducta criminal, la confianza deja de ser un vínculo social y se transforma en una herramienta.

Por eso, para comprender una dinámica de esta naturaleza, no basta con preguntar quién estuvo presente.

Hay que determinar quién conocía, quién facilitó, quién ejecutó, quién colaboró y quién obtuvo algún beneficio.

No necesariamente todos los participantes cumplen la misma función.

Diferentes roles dentro de una misma conducta

Hablar de perfiles exige prudencia. Las informaciones públicas sobre una investigación no permiten realizar diagnósticos psicológicos individuales.

Sí permiten, sin embargo, observar conductas y posibles roles.

El facilitador

Es quien posee información o acceso privilegiado.

Puede conocer el entorno de la víctima y saber dónde existen oportunidades para delinquir.

Su relevancia no necesariamente está en la violencia física, sino en la información que pone al servicio del delito.

El participante operativo

Es quien acepta incorporarse a la acción.

Aquí pueden confluir motivaciones económicas, influencia de pares, presión grupal, necesidad material, búsqueda de reconocimiento o percepción de bajo riesgo.

Ninguno de estos factores determina por sí solo una conducta criminal, pero ayudan a entender por qué algunos jóvenes aceptan participar mientras otros, ante circunstancias similares, no lo hacen.

El joven que comienza temprano

Cuando aparecen adolescentes o jóvenes adultos vinculados a hechos violentos, resulta necesario observar su trayectoria anterior.

La conducta criminal rara vez aparece de manera completamente aislada.

Puede existir una acumulación de experiencias, relaciones, decisiones y circunstancias que progresivamente disminuyen las barreras frente a la transgresión.

Por eso la edad constituye una variable relevante: cuanto más temprano comienza una trayectoria antisocial, mayor importancia adquiere identificar sus factores asociados.

Cuando el delito se convierte en “una vuelta”

También debemos observar el lenguaje.

Cuando una acción criminal comienza a denominarse “una vuelta”, “un trabajo”, “un mandado” o simplemente “buscar un dinero”, puede producirse un desplazamiento en la percepción de la gravedad.

La conducta continúa siendo ilícita.

Pero dentro de determinados grupos puede dejar de percibirse con toda su carga moral y social.

Ese proceso contribuye a la normalización del delito.

Y cuando lo ilícito empieza a formar parte del lenguaje cotidiano como una actividad más, la frontera entre lo permitido y lo prohibido puede hacerse progresivamente más difusa.

El cementerio como escenario

El episodio ocurrido durante el sepelio introduce una dimensión distinta.

De acuerdo con las informaciones difundidas públicamente, dos menores fueron retenidos en el cementerio Cristo Salvador después de ser encontrados con un cuchillo tipo puñal cerca de Yiyo Sarante.

La intención concreta debe ser determinada por las autoridades competentes. No corresponde convertir una hipótesis en un hecho probado.

Pero el contexto resulta significativo.

Un cementerio es un espacio asociado al duelo, al respeto y a la solemnidad. La presencia de menores armados en ese escenario plantea interrogantes sobre la percepción del riesgo, el respeto por las normas sociales y la relación que determinados adolescentes pueden estar desarrollando con las armas y la intimidación.

El contexto no demuestra por sí solo una intención criminal específica.

Pero sí constituye un elemento que merece ser investigado.

No todo se explica por pobreza

También debemos evitar explicaciones simplistas.

La pobreza no convierte automáticamente a una persona en delincuente.

La falta de oportunidades tampoco.

Y la juventud, mucho menos.

Existen jóvenes que crecen en circunstancias extremadamente difíciles y mantienen una conducta respetuosa de las normas, así como personas con recursos económicos que también incurren en delitos.

La explicación debe considerar la interacción de múltiples factores:

familia, escuela, comunidad, grupo de pares, exposición a violencia, acceso a armas, oportunidades delictivas, modelos sociales, consumo problemático de sustancias cuando esté presente y experiencias previas de conducta antisocial.

El delito no responde siempre a una sola causa.

Cuando la violencia se convierte en herramienta

Uno de los elementos más preocupantes es la utilización de la violencia como mecanismo para alcanzar un objetivo.

Cuando se emplea la fuerza para obtener dinero o bienes, la violencia puede dejar de ser una reacción emocional y convertirse en una herramienta instrumental.

La diferencia es importante.

No estamos necesariamente ante una agresión surgida de una disputa espontánea.

Estamos ante una conducta en la que la violencia puede formar parte del método.

Y cuando la vida humana comienza a ser considerada un costo dentro de una operación destinada a obtener un beneficio, aparece una de las expresiones más graves de deshumanización de la víctima.

¿Qué está cambiando?

La pregunta no es si los jóvenes dominicanos son violentos.

No lo son como colectivo.

La verdadera cuestión es por qué determinadas expresiones de criminalidad están encontrando espacio entre algunos adolescentes y jóvenes adultos.

¿Qué modelos están observando?

¿Qué valor tiene el dinero dentro de determinados grupos?

¿Qué papel desempeña la presión de pares?

¿Cómo se percibe la autoridad?

¿Qué relación existe con las armas?

¿En qué momento comienza a perderse la frontera entre una conducta socialmente reprochable y una conducta directamente criminal?

Estas preguntas son más útiles que etiquetar a toda una generación.

Porque comprender una conducta no significa justificarla.

Estudiar los factores que rodean al delincuente tampoco significa desplazar la responsabilidad de quien decide delinquir.

Significa intentar comprender el fenómeno para intervenir sobre sus causas y sus condiciones.

Una sociedad que también debe mirarse

Estos hechos deberían obligarnos a observar algo más que a los jóvenes involucrados.

También debemos mirar el entorno que los rodea.

Una sociedad que exhibe constantemente el éxito asociado al dinero rápido, la ostentación y el poder material puede generar referentes distorsionados en determinados sectores.

A esto pueden sumarse comunidades donde la violencia se convierte en una forma cotidiana de resolver conflictos y grupos de pares donde la transgresión obtiene reconocimiento.

Nada de esto convierte automáticamente a una persona en delincuente.

Pero sí forma parte del contexto que debemos estudiar cuando intentamos explicar determinadas trayectorias.

La pregunta que queda

La pregunta jurídica deberá ser respondida por la investigación y por los tribunales:

¿quiénes participaron y cuál fue la responsabilidad individual de cada uno?

Pero hay otra pregunta que trasciende este expediente:

¿qué combinación de factores permitió que determinados jóvenes llegaran hasta ese punto?

Y quizá exista una pregunta todavía más incómoda:

¿cuántos jóvenes están actualmente construyendo una trayectoria similar sin que todavía exista un delito que obligue a la sociedad a mirar hacia ellos?

La muerte de Zeneida Castillo debe permanecer bajo el ámbito de la investigación penal y del debido proceso. Pero también puede servir para mirar una realidad que estamos obligados a discutir con mayor profundidad.

No se trata de justificar al que delinque.

Tampoco de criminalizar al joven.

Se trata de entender cómo se construyen determinadas conductas, qué factores las favorecen y dónde comienzan a romperse los límites que mantienen cohesionada a una sociedad.

Porque cuando el delito ya ocurrió, la justicia debe responder.

Pero para entender por qué ocurrió, tenemos que mirar mucho antes del momento en que se produce el primer disparo, el primer golpe o la primera transgresión.

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *