Alofoke no es el problema, es el espejo
El ruido alrededor de La Casa de Alofoke dice menos del programa que de nosotros como sociedad. La furia moral que despierta no es trivial: revela que todavía hay sectores preocupados por el rumbo cultural del país. Lo que no es legítimo es la ilusión de que apagando un programa se resuelve una decadencia que lo precede por décadas.
No hace falta ser fanático del espacio para entender su lógica. En un país donde una parte de la población se siente sobrante, un estudio con micrófonos y cámaras se convierte en plaza pública. Lo que muchos llaman “vulgaridad” es, en buena medida, el lenguaje de quienes nunca tuvieron otro lugar para hablar. No es elevación cultural; es desahogo, una manera de sentirse menos solo.
Quienes se alarman por el contenido no son los villanos de esta historia. Su incomodidad puede ser un síntoma saludable. El problema empieza cuando todo se traduce en un simple “prohíban eso”. No fue el programa el que vació los espacios donde una sociedad aprende a pensar y a conversar; fue una cadena de decisiones que dejó a demasiada gente sin voz.
Durante años, la política convirtió el conflicto en espectáculo, los medios apostaron por la estridencia, la escuela repartió diplomas sin formar criterio y las élites culturales se encerraron en circuitos donde casi nadie entra. Mientras tanto, la frustración se acumulaba sin lenguaje ni representación. Cuando aparece un formato que pone un micrófono a ese mundo, nos escandalizamos por su resonancia, no por el silencio que lo hizo posible.
Criticar el programa puede ser comprensible; atribuirle la raíz del daño, no. La fiebre no está en la sábana del streaming, sino en el cuerpo social que la produce: desigualdad que humilla, educación que no libera, instituciones que no inspiran, un mercado donde el éxito se mide por hacer ruido, generar “views” y “sonar” a como dé lugar. La Casa de Alofoke no inventó nada de eso; lo amplifica y lo capitaliza como negocio.
Por eso el debate sobre si se debe suspender o no el programa es, en el fondo, una discusión pobre. Lo importante no es si lo cerramos, sino qué hacemos con lo que ha hecho visible. Porque aunque mañana desaparezca de todas las plataformas, el país seguirá ahí: el mismo hastío, los mismos barrios sin horizonte, la misma juventud convencida de que la única forma de existir es convertirse en espectáculo. Podemos dejar de ver el espejo, pero la cara seguirá siendo la misma.
No se trata de defender a Alofoke. No necesita abogados, mucho menos consagración cultural. Se trata de algo más incómodo: usar ese fenómeno como diagnóstico. Preguntarnos por qué tanta gente se reconoce en ese lenguaje; qué les ofrecimos antes y qué seguimos sin ofrecerles ahora; por qué la promesa de ciudadanía fue sustituida por la posibilidad de volverse viral.
Los críticos harían un mejor servicio al país si, además de señalar el programa, se preguntaran qué están dispuestos a construir para que esa no sea la única ventana. No basta con indignarse ante lo que vemos; hay que hacerse cargo de lo que falta: política cultural, escuela que enseñe a pensar, medios que apuesten por la complejidad, proyectos que conviertan a los ciudadanos en algo más que audiencia.
Alofoke no es el problema, es el espejo. Podemos romperlo; la imagen seguirá ahí, esperando otra superficie donde reflejarse. La pregunta no es qué hacemos con el programa, sino qué hacemos con el país que se ve en él. Mientras evitemos esa respuesta, el próximo escándalo ya está en fila, listo para ocupar la pantalla.
