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Opinión Política

Leónel Fernández: Amo, señor y arquitecto de su propio culto

Leónel Fernández: Amo, señor y arquitecto de su propio culto
  • Publishedoctubre 6, 2025

Las Primicias

Hay líderes que crean partidos y partidos que existen para sostener a un solo líder. La Fuerza del Pueblo pertenece, sin rodeos, a esa segunda categoría. No es una organización política en el sentido clásico, sino un proyecto concebido a imagen y semejanza de su fundador. En ella, cada decisión y cada discurso se calibran según una sola voz: la de Leónel Fernández. El partido es su prolongación; su estructura, una réplica de su voluntad.

Cuando en 2019 Fernández rompió con el Partido de la Liberación Dominicana del que fue su presidente hasta su renuncia, lo hizo para recuperar el control que había perdido. No fue un acto de rebeldía ideológica, sino de preservación de poder. De esa fractura nació La Fuerza del Pueblo, un desprendimiento diseñado para devolverle la centralidad política que el viejo esquema partidario ya no le ofrecía.
Nada en esa operación fue improvisado. En la campaña interna del PLD, su lema era LFP: Leónel Fernández Presidente. Al registrar su nueva organización, las mismas iniciales reaparecieron: La Fuerza del Pueblo. El mensaje estaba implícito: el partido no nacía de una idea, sino de un nombre.

En la FP no hay corrientes ni matices, sino alineación. El pensamiento se somete a la conveniencia del líder y la lealtad ha sustituido a la deliberación. La estructura funciona como una monarquía política bajo los modales de la democracia formal. Leónel ejerce el mando con la calma de quien no necesita imponer su autoridad porque su entorno ya la da por supuesta. Su liderazgo no se discute: se acata.

Como todo poder personalista, el leonelismo también fabrica su heredero. En este caso, tiene rostro y apellido: Omar Leonel Fernández Domínguez, el hijo del líder. En apenas cinco años pasó de debutar como diputado a ocupar un asiento en el Senado en la principal plaza política del país. Su ascenso es el resultado de una estrategia planificada con precisión de laboratorio.
Su exposición pública es medida al milímetro: escenarios afines, entrevistas controladas y un despliegue mediático sostenido por una inversión generosa en imagen y reputación. En torno a él se ha construido una narrativa de renovación que encubre la continuidad. Omar encarna la versión joven del mismo proyecto, la evolución estética de una dinastía política en formación.

La Fuerza del Pueblo no es un partido que predique ideas, sino un liderazgo que se predica a sí mismo. Su doctrina no se basa en principios, sino en fidelidades. Fernández administra su estructura con la sutileza de un tecnócrata y la astucia de un estratega, dos virtudes que, combinadas, le han permitido conservar el control absoluto sin levantar la voz.

Todo proyecto de poder se enfrenta al dilema de su sucesión. En la Fuerza del Pueblo, la respuesta parece resuelta. Leónel ha dispuesto su legado en vida, diseñando una herencia política que garantice la permanencia de su apellido más allá de su protagonismo. El hijo no emerge como alternativa, sino como continuación.

La historia dominicana está llena de fundadores devorados por sus propias creaciones. Leónel Fernández ha invertido el orden: domina su obra con la disciplina de quien no concibe el poder compartido. Intelectualiza su control, lo reviste de formas democráticas y lo proyecta como una causa colectiva, pero su naturaleza sigue siendo patrimonial.
En la Fuerza del Pueblo no hay liderazgo compartido, hay propiedad. Y bajo esa sombra se organiza una dinastía que lleva las mismas iniciales con que todo empezó: LFP.
Porque en la política dominicana muchas veces, el tiempo no siempre se mide en períodos ni en ideas, sino en apellidos.